martes

Hogar Extremeño Madrid: Presentación libro de Pablo Jiménez “Deducida materia”






José Julián Barriga


José Julián Barriga
El domingo pasado, de regreso de plantar tomates, a la altura de Navalmoral de la Mata escuche en Radio Clásica el hecho famoso de que una mujer, una viuda riquísima,  Nadeska von Meck, financiara el talento de Tchaikovski, al que había asignado un salario para que se dedicara exclusivamente a la composición musical. Gracias a aquel gesto de filantropía, el genio de Tchaikovski pudo dedicarse durante muchos años, sin apuros económicos, a componer esa música prodigiosa que a muchos nos apasiona. Ya lo saben, la señora von Meck, puso una condición, una única condición, para continuar su generoso mecenazgo: no conocerlo jamás; jamás debía ser presentada a su protegido. Yo no estoy en condiciones de exigir, ni siquiera de pedir, sólo de agradecer a Pepe Iglesias, como director de la Editora Beturia, que me haya encomendado lo que estoy haciendo esta noche. Pero tengo  que comenzar confesando sinceramente que  tras leer este libro, hubiera preferido no conocer al autor de estos versos. Lo conozco poco, apenas nada; he hablado con él, no más allá de los saludos obligados,  no más de diez minutos, en los últimos 55 años, pero en los cuatro años anteriores a esos 55 años, conviví con Pablo Jiménez en un internado de una ciudad de la España más profunda, y decir profunda es decir en una pequeña ciudad sustanciosa. ¿Por qué digo que hubiera preferido no conocer al autor  de este libro? Lo explicaré al final, y se entenderá mejor.

 Yo he venido esta noche aquí, aturdido, o al menos confuso, por el impacto que me ha causado la lectura atenta de este libro, sintiendo la necesidad de comentarlo con otros que hayan leído estos versos, para conocer de ellos si acaso han sufrido y gozado lo mismo que yo he gozado y sufrido. Ya sé que los sentimientos son intransferibles, que cada cual amasa como puede sus impresiones. Así y todo, necesito saber lo que otros han sentido, no vaya a ser que mis sensaciones vayan erradas.

Quien les habla tiene el escaso merito de ser tan sólo un consumidor de versos desde su prehistoria. No es un experto, no es un profesor de letras, ni siquiera un escritor, pero se siente con el mismo derecho que aquellos otros a hablar de poesía y de poetas, porque le nacieron los dientes del alma consumiendo versos ajenos. No soy providencialista, ni creo en las meigas, pero bendigo a los dioses de los poetas que me han dado ocasión de presentar este libro o estos libros de Pablo Jiménez. No vengo, sin embargo, a hacer el panegírico del autor. Vengo a hablarles de unos versos, de estos y otros del mismo autor, que he frecuentado a lo largo de los años. No quisiera tampoco hacerles perder el tiempo recordando avatares de infancia compartida. Sí necesito, en cambio,  decirles que, aunque Pablo Jiménez fue poeta y músico precoz, es probable que hayamos compartido un mismo despertar poético. Y como imagino que alguno de los presentes sientan una mínima curiosidad sobre el origen de nuestra común procedencia poética, él como autor de versos y yo como consumidor, permítanme recordar a aquel hombre que en el internado nos hizo copiar, y nos enseñó a declamar versos, si no prohibidos, sí al menos versos clandestinos. Imaginen ustedes –primeros años de los cincuenta del pasado siglo- a un clérigo ilustrado  obligando a niños de pueblo a proclamar, sí a proclamar, versos de Antonio Machado, Juan Ramón, Cernuda, Rubén Darío, Gerardo Diego, Gabriela Mistral.

¿Te acuerdas Pablo dónde aprendimos estos versos?: “El sol te empuja hacia mí/ por la espalda/ Ven/ tú que vienes del alba… ¡Llega, ven, / no te pierdas en tus llamas/ por los detrás, por los cruces de la luz! ¡Ven tu que vienes del alba!”
O estos otros: “La noche mira un roble/ que muere de dolor y de nostalgia/ ¡Todo el día empapando/ la lluvia su corteza amortajada”.

La primera estrofa que he leído, la conocen todos ustedes, pertenece al poema “Del Alba”, de Juan Ramon Jimenez. Los segundos versos, los de la “noche que mira un roble”, están fechados el 8 de mayo del 1957, y corresponden a un muchacho, o a un niño, de 14 años, que se llamaba y se llama Pablo Jiménez García. Es decir, preparando estas notas, he descubierto, yo que soy hombre de memoria frágil, fragilísima, que te había “antologado” ya en aquellos tiempos. Y digo antologado, porque este poema del niño Pablo Jiménez está en mi cuaderno detrás de “Las Carretas” de Juan Ramón y anteceden, al “Viaje Definitivo”, también de Juan Ramón, y, al que sigue, “Nocturno” de Gabriela Mistral. Y por si alguien duda de la exactitud de lo que voy contando, he aquí la prueba…

Tuvimos la suerte, -éramos niños o aprendices de adolescentes-, de tener  un buen maestro de versos. La vida nos separó y nos llevó a cada uno por derroteros diferentes. Pero he leído que recalaste en Madrid en 1962, hace cincuenta y un años, el mismo año, de suerte y de ventura,  en el que, con maleta de cartón, bajé de un tren en la estación de Delicias. Y  hoy, en el Hogar extremeño de Madrid, se ha producido nuestro reencuentro; se han vuelto a cruzar nuestros caminos: yo que fui tu antólogo de niño, en una antología de niño de pueblo, y tú un poeta de cuerpo entero.

Y antes de entrar en el libro, me voy a permitir opinar, tan a fondo como permita mi ignorancia, sobre el sustrato de estas páginas. No esperen de mí nada extraordinario; a los más expertos en letras, les pido disculpas si mis consideraciones no están a la altura del autor al que presentamos. Quienes ignoren o no frecuenten la lectura de Pablo Jimenez, tal vez agradezcan las siguientes observaciones que voy a hacer a continuación.

Es poesía metafísica. Me dirán que toda poesía, lo es; está más allá de la física. Pues les diré que esta poesía es metafísica reforzada, implementada. Absténgase de consumirla quienes busquen en los versos sonoridad, goce placentero para los sentidos. Consúmanla, por el contrario, quienes tengan  paladar y gusto para el razonamiento profundo, para las cuestiones esenciales que afectan a la vida y a la condición humana. Si tuviéramos que hablar en términos musicales, que tanto entiende y maneja el autor, no es ésta poesía sobre las Cuatro Estaciones. No. En todo caso sería poesía al estilo Mahler o Bruckner. Y si hablásemos de pintura (por cierto hablaremos mas adelante de otro libro de Pablo Jiménez con referencias a la pintura) no es Murillo lo que en está en danza, piensen más bien en Bacon, o en el extremeño Barjola. Pablo Jiménez no es poeta de Juegos Florales. Lo es del  tiempo que pasa, la memoria que se escurre, el amor que se olvida, la muerte. Es muy probable que a quien lea estos versos le suceda lo que a mí me ha ocurrido: una gran sacudida interior. Una especie de drenaje catártico, en el sentido de que la escritura de Pablo Jiménez te obliga a sumergirte en el drama. Sí, son versos dramáticos, inquietantes, hasta turbadores. ¿Por qué nos tiene que asustar los versos dramáticos, si es arte al estilo de las tragedias griegas? La vida se puede vivir con gravedad y conciencia, o con ligereza. Ya sé que el hombre actual busca placeres livianos y pasajeros; emociones “pret a porter”; sentimientos “low cost”, ideas para ir tirando. Lo contrario de lo que sucede en este breve libro, que tiene por título “Deducida Materia”. Quienes se decidan a entrar en sus páginas, van a consumir un tratado de singular belleza sobre la naturaleza humana en toda su complejidad, con todas sus contradicciones, pero también en su belleza más genuina. No hay mayor belleza que la que deriva del entendimiento sincero y profundo de la existencia. Efectivamente es poesía existencial, llena de sentimientos de melancolía, de anhelos de eternidad, de esperanza y de desesperanza, como la vida misma cuando se vive con plena conciencia. Por eso me atreví a recomendar que se abstuvieran de pasar las páginas de este libro aquellos que pasan la vida sin inquietarse por los misterios de la existencia, o aquellos otros que estén instalados en un mundo de certezas.

¿Es un libro autobiográfico? No, evidentemente no, pero está bien nutrido de huellas personales. Lo que no sé hasta qué punto puede pedirse a un poeta que aquello que cuenta, o que cualquier paisaje íntimo que represente, le pertenezca. Sería tanto como exigir al narrador que aquello que cuente le hubiere sucedido. Pero no hay duda de que los versos auténticos vienen del venero propio; son versos sinceros, escritos en tiempo de reflexión, por eso son versos metafísicos; por eso producen ese escozor que acompaña siempre a los pensamientos más fundamentales.

Es por lo tanto, un libro escrito para minorías. No nos avergüence decirlo y proclamarlo. Quienes gustan de este género, por cierto he de decirlo ya: son versos absolutamente extraordinarios, y, cuando digo extraordinarios, lo digo con la convicción de quien tiene el gusto habituado a los placeres de la lectura. Quienes consuman este género de poesía pertenecen a esa extraña cofradía de gentes, minorías, que buscan cada día la razón última de la alegría y de la tristeza, del amor y de la ternura, del desamor y del desconsuelo, gentes siempre dispuestas a encontrar sensaciones en cualquier tramo del camino, gentes con capacidad para hilvanar ideas de las contrariedades que la vida nos presente, gentes de la tribu de Epicuro, austeras para las cosas que consumimos, pero avarientos de goces inmateriales; gentes de mente libre, sí claro, ¿cómo no?, gentes contradictorias.

Pro no debo consumir más tiempo en tratar de definir lo indefinible, ni en cuestiones biográficas que son aspectos superfluos cuando se trata de explicar cuestiones de calidad innegable. Pablo Jiménez es un poeta ambicioso y decidido, tenaz, probablemente le importe poco lo que estoy diciendo o lo que podamos decir sus lectores. El seguirá su ruta implacablemente, absorto en su verso, sin importarle mucho o poco. Miren ustedes, un poeta como el que he descrito, tan iconoclasta, tan inconformista, probablemente tan heterodoxo, se ha atrevido a hacer un poema a la rosa. Amigo Pablo, si de la rosa está ya dicho todo; si poetizar sobre la rosa es requisito seguro de fracaso. ¿Hay algo tan afectado como hablar de la rosa y de los ruiseñores? Y lo digo yo, que soy un modesto cultivador de rosas. Pues, señores, este poeta existencial ha hecho un largo, larguísimo, poema a una rosa roja, pagina 65, que es, ¿cómo lo diría?, una cosmogonía de la vida. Tan pronto el poeta se transmuta en rosa roja, como la rosa roja de tu verso se transforma, cobra vida, y  protagoniza el relato de las emociones más substanciales.
No hay tiempo para concretar mucho más. Pero, al presentador de un libro creo que se puede permitir el derecho a hacer una cata en el producto y así ofrecerlo a los asistentes al acto de presentación de un libro excepcional. El libro consta de tres partes. Una obertura, dos actos y un último poema de cierre, de bajada del telón. Son en total 17 poemas, poemas largos, el mismo dice en algún verso que no le va la escritura corta. Necesita trazos largos, expandirse, porque cada poema es una obra completa, que a su vez se puede descomponer en varios capítulos. La escritura de Pablo Jiménez – y no me corresponde a mí analizar literariamente estos o cualquiera otros textos- es una escritura tensionada, sonora, tiene timbre musical, en búsqueda permanente de ensanchar el lenguaje porque no le basta el diccionario, hasta la frontera del metalenguaje. No tiene un ápice de preciosismo, cuando la escritura lleva camino del lirismo, se frena y regresa al territorio de las ideas y del argumento. Cada poema  cuenta la vida, una vida completa, de principio a fin.  ¿Cómo son las vidas que Pablo Jiménez nos cuenta?

Me he atrevido a hacer una breve antología para demostrar aquí esta noche lo que llevo dicho y para ello me voy a servir de algunos conceptos. Pero antes quiero hacerles una advertencia: voy a leer unas estrofas, a pesar de que los poemas de Pablo Jiménez exigen lectura completa, a sabiendas de que es imposible  parcelar el sentido íntegro de cada poema. Si no lo hiciera, nos darían aquí las del alba. Me voy a referir a dos o tres poemas. El primero se titula “Cesar Vallejo y conjeturas·”. El poeta se dispone a recordar un suceso y ese recuerdo le provoca una tempestad de evocaciones sucesivas de pequeños o grandes acontecimientos: el internado en verano, el regreso a casa, una estación de ferrocarril, la muerte y la contemplación del cadáver del abuelo. El poeta transmuta en color el recuerdo. El ayer –dice- es azul “como el más alto cielo o la extrema blancura, solo luz”; “no puede contemplarse el ayer porque ciega”. Vemos en primer lugar la representación lírica del azul, un vocablo de una sonoridad inigualable, pero que le sirve al poeta para componer esta exaltación del color. El poeta ha hecho una extensa evocación de algunos sucesos de su vida, incluyendo la muerte y la contemplación del abuelo. En su cabeza se mezclan recuerdos y actitudes diversas. El poeta va poner distancia de aquella memoria para refugiarse en sí mismo, en su plena conciencia y dice:
“Azul es la distancia y son azules, / terriblemente azules las palabras/ que el olvido hizo suyas, como azul/ es la verdad y esquiva y tornadiza/y no puede alcanzarse con las manos/ porque azul no es asible y siempre es lejos. / Y el rostro aquel que fue tu rostro un día/ ¿vas a decir que no es azul?/Cristales,/ azogues obstinados devolviéndonos/ mirada y apariencia/ Ahí tienes la respuesta. Y la memoria,/ reina de los azules, que nos miente/ porque nos necesita vivos…/ De otro modo decidme, ¿quién podría/ abrir los ojos, ay, cada mañana/ y echarse a andar/ como del muerto aquel cantó Vallejo?”

He leído que la poesía de Pablo Jiménez es culta en el sentido de que para la plena comprensión de estos versos se necesita de mucha lectura y conocimiento previos, si de verdad se quiere extraer todo el jugo que contiene. Además, los versos de Pablo Jiménez están impregnados de sentido pictórico y de sentido musical. La música y la pintura tienen siempre protagonismo en su escritura. La escritura de Pablo Jimenez es , ya lo he dicho, tensa, siempre al borde de desbordar el diccionario, como si la palabra le resultara insuficiente para expresarse, por eso recurre permanentemente a las artes hermanas de la pintura y de la música.

Me refiero ahora a otro poema que se titula “La vieja casa en venta”. Comienza el poeta lamentando la fragilidad de la memoria con estos versos preliminares: “Qué deshabitación/ el ámbito que arropa la memoria,/ aquellas voces que tragó el silencio/ qué tercas en su olvido,/ cuánto humo aventado, qué diluida música”

Este es el prologo. De inmediato  va exhumar el recuerdo de objetos y de situaciones vividas en la vieja casa familiar: el reloj de pared, una santacena de metal, la luz que filtra una persiana, la quebradura del espejo, una silla de anea, la troje, y, de pronto, se encuentra en la memoria con los ojos de alguien “que le miraban por su nombre”. Después de este recorrido material, el poeta va y dice: “Qué ajeno y malvenido/ quien regresa a destiempo/ al viejo decorado donde antaño bregó,/ protagonista iluso de su vida;/ qué solo/ detrás de tantos nombres,/ de tantas máscaras,/ de tanto amor mentido”…”Y qué crudo el regreso/a los exilios cotidianos/ dejando atrás y para siempre/ la clausura que fue nido y techumbre:/sellada y sola con su olor perdido,/ sus detenidos pasos/ y el olvido vivísimo de tantos/ ojos inolvidables/ que tras los yertos párpados/ persisten/ en la condenación de las preguntas”

Como he dicho, el libro se titula “Deducida materia” y, sin embargo, el hilo conductor de todos o de la inmensa mayoría de los poemas es la memoria o la desmemoria, los caprichos de la memoria, hasta el punto de que se podría afirmar que el libro en cierto es modo es un ajuste de cuentas con la memoria. Hay un poema de una gran ternura dentro del sentido escatológico que siempre conserva la escritura de Pablo Jiménez que se titula “A la espera del ángel”. No dejen de leerlo, se lo recomiendo con total convencimiento. Dice el poeta que aún preserva la esperanza, la mirada, por si el ángel de la infancia feliz regresa a rescatarlo de la “prisión-despeñadero” en el que el adulto ha caído. El poeta vive en desasosiego prisionero de la memoria y es, en este punto, donde exclama: “Apacigua, memoria,/ tus iracundos mares, mándame / con la pleamar un punto de sosiego/ y, si quiera un instante, aquella música/ de las viejas palabras,/ aquel leño de encina crepitando/ en el extinto hogar, aquellos ojos/ pasmados en las lenguas de la llama,/ aquel silencio vivo, aquellas sombras/ vibrando en la pared, aquellas voces/ queridas que me siguen/ hablando tras lo blanco de la muerte,/ aquel cálido tiempo detenido. ¿Oyes, sueño, las alas?/Ven compasivo, /pon a nevar tus copos invisibles/ sobre el lánguido yermo de mis párpados/ y que a la tibia soledad suceda/ un dulce alejamiento hasta el dintel/ de la ausencia de toda sensación./ Y déjame allí solo, acurrucado/ en el regazo de lo hondo, a salvo/ del escrutinio de la luz/.¡Dormir, dormir, por si acontece el ángel!

En esta pequeña glosa o antología voy a terminar con el poema que yo más recomendaría de este libro. Es el que lo cierra con el título “Ulises se reencuentra con su Dios al arribar a Ítaca”. No creo que necesite ninguna explicación; es uno de los poemas más sencillos dentro de la enorme complejidad de la escritura de Pablo Jiménez. Basta con estar atento para seguir esta argumentación existencial que tiene un cierto deje juanramoniano, de su poema “Espacio”. El viejo Ulises vuelve a casa y el poeta le interpela: “Hoy sabes que de frágil/ corazón y de carencias inducidas/ se ceba la esperanza, ese único camino/ que conduce a la fe./ ¿Recuerdas tus más jóvenes años? Dios tenía/ la llave de tus sueños y en tus sueños/ -solo en tus sueños- encontraba/ su esencia Dios. Tú lo creabas/ un día y otro día/ de tu propia materia vulnerable,/ le dabas nombre,/ lo vestías de pompa y resplandor/ (el que necesitabas / para sobrevivir) y lo adorabas/ en el sitial de oro que tenías/ alzado para él./ Mas la razón,/ un tiempo aletargada en la inocencia,/ aconteció un mal día y adujo sus razones/ y del ciclón sobrevenido/arrasados quedaron retablos y quimeras./ De aquel dulce muchacho/ la llama extinta arde/ en tus ojos vacíos que van precipitándose/ de naufragio en naufragio/ a su lóbrego sino, ciegos de la relumbre/ que enciende el vaho de los sueños…”

Estos son los versos, solo una pequeña muestra, de cómo es la escritura de Pablo Jiménez. Pero les advierto: lo he leído y lo he interpretado, a mi albedrio. Los versos de Pablo Jiménez son un calidoscopio. Volteen el artefacto y comprobaran cómo la lectura de los versos que les aconsejo admiten otras interpretaciones, otras derivas siempre diferentes, pero siempre enriquecedoras de estos textos esenciales y existenciales. Tal vez si los hubiera leído otra persona, o yo mismo en otras circunstancias, el resultado y las apreciaciones serían distintos.

Quiero terminar con una última consideración, si no obligada, al menos oportuna por el lugar donde esta reunión se celebra. Pepe Iglesias me recordaba el dicho de Neruda de que hablar de la aldea es hablar del universo, sobre todo cuando se hace con inteligencia y oportunidad. Me gustaría haber tenido tiempo para hacer un recorrido sentimental sobre las huellas de la tierra, tu tierra, mi tierra. No hay tiempo, pero me hubiera gustado, Pepe Iglesias, poder hacer una larga, larguísima referencia al trasunto extremeño que recorre este libro, no para hacerlo más próximo o emotivo, sino para glosar de algún modo la huella extremeña de este poeta. Pero que nadie intente hacer una lectura regionalista de estos versos. Son versos universales.

Repito, amigo Pablo: hubiera preferido no conocerte. ¿Por qué y para qué? Para admirar estos versos más descomprometidamente, más libremente, sin adherencias biográficas, pero con idéntica pasión lectora. Gracias a todos.



PRESENTACIÓN DEDUCIDA MATERIA/ FIGURACIONES


Javier Rguez. Magano
19 de abril de 2013


Deducida materia y Figuraciones: cuadros de una exposición, se inscriben, con la debida distancia, dentro de una trayectoria creadora cuya producción toma como modelo paradigmático el descrédito, la negación con voluntad afirmadora, el cuestionamiento como inercia identitaria sujeta siempre a un devenir especulativo. Lo deducible, si afirmado, cobra valor a partir del instante en que se funda; instante puesto en fuga, acto mismo de nombrarse figurado en el lenguaje que es, al tiempo, simulacro y artificio volcado en el presente. Un presente que avoraza la memoria de que se nutre con valor pretérito; el pasado como afirmación de la memoria en acto del presente: circularidad, retorno de sí, retorno hacia sí: Nadie/ Nada, pues no supone sino un simulacro de retorno: (…) ¿Retorno?/ ¿Retorno a qué y de qué? Nadie es el nombre/ que tu mismo te diste. Nominación, término que, es a la vez, punto de partida, itinerario recurrente que aventura el espejismo, alfaguara que transcurre detenida en el decurso ahondado de sus aguas: latencia, en fin, de ese pozo-identidad en que figura y donde lo literario-como sostiene el autor- sería suicidarse.  Así la memoria: territorio del ensueño, ensueño ella misma:  despoblación. Rostros del pasado tan ajenos al recuerdo, tan extrañados, que regresan con la atroz severidad de quien se sabe concernido a dar respuesta del propio y evocado vínculo. Atisbos de apariencia insospechada, fantasmagorías en una lenta y muda sucesión de alumbramientos que acontecen como quien presume inminencias de un paisaje clausurado. “Qué deshabitación/ el ámbito que arropa la memoria,/ aquellas voces que tragó el silencio/ qué tercas en su olvido,/ cuánto humo aventado, qué diluída música.”  Una urgencia, entonces, configura el espacio preterido, anuda el tacto a la palabra, late en su interior develamiento: no todo deviene transparencia especulada de artificio. Arde y acompasa y acrecienta el pulso y se extasía y se duele y pide más. Es el amor, al fin, quien en sí reúne, como de un metal acrisolado, la sola incandescencia que fulgura en sus versos: “De ti me duelo sobre todo, amor./ Falaz conmigo fuiste, como con todos. Ave/ del paraíso te soñé y tus alas/ fueron región para mis avatares/ (…) Amor, perdido amor, duéleme siempre.”

 Amor que al desamor engendra, pues de su ausencia testifica, acrecentado, el desamor que le concede, como del tiempo la oquedad de la memoria, su trasunto.

Materia deducida, figurada en cada uno de los lienzos interiores de una geografía vital itinerante. De uno a otro libro esa materia deviene objeto mismo del acto creador, vertebra la fábula increada, se traiciona, se confía al azaroso lance de un tiempo que transcurre y es, al cabo, transcurrido; mujermadrevulva de unas aguas ancestrales, ángel celador de la inocencia, ojo medular de la memoria en el destiempo, aquel cuya mirada le interroga:  Nada, Nadie.






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