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ITINERARIOS DE MADRID

ITINERARIOS DE MADRID
LOS CEMENTRIOS DE LAS SACRAMENTALES

LOS ENTERRAMIENTOS EN ESPAÑA



Túmulo de Doña Aldonza de Mendoza, en Guadalajara.



-   ¿Tú conoces Madrid?
-  …Bueno yo…, no sé, creo que bastante.
-   Eso es como no decir nada.
- ¡¡Hombre!!, la Puerta del Sol, el Madrid de los Austrias, la Plaza de España, la Plaza Mayor, la Gran…
- ¡Espera, espera!; ¿no ves que todo eso que me cuentas no son más que tópicos ya desgastados? Yo me refiero a su historia, a sus costumbres, a sus interioridades a través de sus leyendas, que unas veces lo engrandecen y otras lo vulgarizan hasta el escarnio. En resumen, a su personalidad como ciudad, en sus inicios pueblerina  y más tarde centro político y cultural del mundo occidental.

Esta introducción, medio en broma medio en serio, nos da pie a ofreceros de la forma resumida que requiere la ocasión, una serie de trabajos, algunos personales, otros de consulta en Archivos y Bibliotecas municipales, por lo tanto ya publicados, con el único propósito de que todos conozcamos mejor la ciudad en la que vivimos, y a ser posible, entretenernos. “Solamente se ama aquello que se conoce”.

¡¡Que gran verdad!!

¿Que porqué comenzamos con este tema a primera vista tan… respetable? Primero, porque creemos que siendo los cementerios el lugar donde se concentran el mayor número de obras de arte, al margen de lo que significa la muerte en sí misma, es el lugar menos visitado por los madrileños, a no ser el día de Difuntos, para honrar la memoria de sus muertos, pero completamente al margen de su historia y de sus monumentos, que como unos grandes salones de un nuevo Museo del Prado, nos van conduciendo por la historia de la escultura en la que han intervenido los grandes maestros de todos los tiempos: Benlliure, Querol, Serrano, Oteiza, Ávalos, Ferrant, Bellver, Ponciano, … y un larga lista de nombres que haría interminable este trabajo de información.

Segundo, porque al profundizar en el tema, desde un punto exclusivamente histórico y cultural, nos fascinó, al margen (ya lo hemos reseñado anteriormente) de lo que irremediablemente encierran sus paredes. Anque no lo creáis, la muerte, que en nuestra cultura judeocristiana siempre conlleva dolor y temor, en muchas, por no señalar en muchísimas ocasiones, también se nos presenta, por lo menos literariamente, con matices de humor que puede llevar hasta la carcajada.

La primera parte de este trabajo lo llamaremos “Los enterramientos en España”, que es un estudio histórico–cultural desde sus inicios a través de las distintas culturas que nos han precedido. Fíjense que decimos “enterramientos” y no cementerios, pues estos ya, y referidos a Madrid, serán las dos partes restantes del presente trabajo y llevarán el encabezamiento de “Los Cementerios de las Sacramentales en Madrid”.

Pero el tema de Madrid es amplísimo y muy rico en documentación, por lo que esperamos poder ampliar estos trabajos a otros campos como lo puedan ser: Iglesias, Parques y Jardines, el mundo de la Farándula…, ¡¡yo qué sé!!, lo que nos plazca y nos divierta, porque como dice el dicho castizo: ¡¡Madrid, es mucho Madrid!!.

  Los enterramientos en España.- Todos hemos visto, al visitar nuestras antiguas iglesias, ya conventuales, ya parroquiales, numerosas sepulturas dispuestas ordenadamente en el suelo del templo o en las capillas laterales y absidales ¿Qué fieles se enterraban allí? ¿Estuvieron siempre los templos reservados para enterrar a los hombres más ilustres? Para encontrar respuesta a estas preguntas y entender hoy el por qué de nuestros ritos funerarios, es preciso dar marcha atrás, por el momento, al reloj de la historia.
 
El Doncel de Sigüenza (Guadalajara)
Costumbre cristiana.- Se puede advertir, a través de la lectura de la Biblia, que el pueblo judío observaba la práctica de enterrar a sus muertos fuera de los poblados. Los primeros cristianos no recibieron de Jesucristo, ni de sus padres apostólicos, indicación o precepto alguno acerca del lugar donde deberían situar las sepulturas de sus muertos, por lo que adoptaron las mismas prácticas que observaba el pueblo hebreo. Los primeros cristianos se extendieron por todo el Próximo Oriente, pero preferentemente por las zonas del Imperio romano. Los romanos, por su parte, observaban con respecto a sus costumbres funerarias, unas leyes que alejaban los cadáveres de las poblaciones y de los templos con el mismo rigor que las de los hebreos, creyendo que la presencia de los muertos profanaba los lugares dedicados al culto de los dioses.

Sin embargo, las vírgenes vestales gozaban del privilegio de sepultarse dentro de Roma. Este privilegio fue aceptado por todos, y para evitar un abuso que produciría graves problemas a la salud pública, se prohibió el enterramiento y la cremación dentro de las ciudades, según ordenaba la ley décima de las XII Tablas.

Los cristianos enterraban a sus muertos en las catacumbas, cuevas profundas fuera de la ciudad. Cuando las persecuciones fueron más intensas, las catacumbas se revelaron insuficientes, por lo que algunos cristianos ricos ofrecieron libremente sus heredades para sepulcro de los fieles, a los que llamaron cementerios, que quiere decir dormitorios. De este modo aparecen, según Ramón de Huesca, los primeros cementerios cristianos.
 
Necrópolis de Revenga, Segovia.
Conseguida la paz de la Iglesia mediante los decretos de Constantino, los emperadores (ahora cristianos), consintieron el traslado de los restos de algunos mártires a los templos, erigiendo en su honor y memoria basílicas importantes, que servían también de lugares de culto.

De su importancia e interrelación es muestra la antigua costumbre de ARA, según la cual sólo se podía decir misa sobre los restos de los mártires cristianos.

El deseo de los fieles cristianos de enterrarse cerca de las reliquias de los mártires convirtió los atrios de las basílicas en el cementerio de emperadores  y, posteriormente, de los obispos, extendiéndose después a los sacerdotes y a otras personas de alta alcurnia o de reconocida virtud.

Sin embargo, Teodosio el Grande, en el año 381, redactó la famosa  “Constitutio” en la que prohibió sepultar los muertos dentro de la ciudad  y en los templos, y mandó sacar fuera todos los enterramientos que se hallasen en túmulos, urnas y sarcófagos dentro de la ciudad, comprendiendo también las basílicas de los apóstoles y mártires.

La piadosa creencia de que sepultarse en los templos era útil a las almas se fue extendiendo entre el vulgo, encendiendo en todos ellos el deseo de enterrarse en los templos. Esta anómala situación produciría ya en los siglos IV y V una extraña polémica sobre la utilidad para las almas cristianas de que los cadáveres se enterrasen junto a los mártires. Y entonces San Agustín respondía: Nada se aprovecha por sí mismo, ni porque el lugar santo tenga alguna virtud para expiar sus culpas, sino indirecta y ocasionalmente, en cuanto los fieles oran por ellas (las almas) y las encomiendan a Dios por medio del santo en cuya basílica están los cuerpos y porque frecuentando las iglesias y viendo los sepulcros de sus parientes y amigos renuevan su memoria y ofrecen de nuevo por ellos oraciones y sacrificios de modo que… sin estas oraciones, que con recta fe y piedad se hacen por los difuntos, juzgo que nada aprovecharía a las almas el que los cuerpos estuviesen sepultados en los lugares más santos. Y pueden hacerse… las oraciones y sufragios por los difuntos, aunque no estén sepultados en los templos.

Los emperadores y reyes, y la misma Iglesia, se opusieron desde un principio al abuso de enterrarse en el interior de los templos, hecho que tomaba cada vez más cuerpo. Aún así y a pesar de las numerosas leyes en contra, esta práctica fue creciendo más cada día, porque a la piedad y a la vanidad que encendía los deseos de los fieles, se añadió, por último, la avaricia de algunos prelados, que concedían, por interés, la licencia que sólo debían de dispensar a las personas de carácter y virtud.

Debido a esto, León VI (886–912), abolió la ley de las XII Tablas, ya que la costumbre la había antes abrogado. Esta licencia incrementó la costumbre de sepultar a los muertos en las iglesias, que en los siguientes siglos se hizo poco menos que general en todo el orbe cristiano.


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