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LAS MIRADAS SORPRENDIDAS DE LOS NIÑOS

LAS MIRADAS SORPRENDIDAS DE LOS NIÑOS
(Una lección moral para “pasotas”)

Ricardo Hernández Megías
Enero 2016

        Desde hace mucho tiempo –creemos que desde que nos fuimos haciendo mayores y perdimos nuestra  controvertida inocencia– venimos escuchando el mantra, por otra parte asumida, de que La
Navidad no tiene sentido en nuestro tiempo; que todo es una gran mentira prefabricada y teledirigida, y que lo único que funciona a la perfección es el consumismo salvaje, donde los únicos que se enriquecen son los grandes comercios, quienes se prepararan el resto del año para inducirnos a consumir aquellos productos que mayor rentabilidad y ganancias les produzcan. La Navidad comienza cuando lo ordene el Corte Inglés –se dice entre el pueblo en plan jocoso y divertido, señalando la gran importancia que tienen los anuncios publicitarios con el que nos ametrallan en determinados momentos del año. 
               
No vamos nosotros a negar que las presiones laicistas de una parte de los nuevos dirigentes políticos y municipales, o que el abandono de buena parte de la sociedad de sus costumbres ancestrales como lo pueda ser la práctica de la religión católica, ha influido de manera harto convincente sobre todo en una juventud narcisista y falta –en muchos casos– de los más elementales principios éticos o morales, siendo esta misma juventud los principales sujetos de estos cambios que venimos denunciando.
                Pero no todo está perdido o abandonado en el más absurdo e inmerecido de los olvidos después de dos mil años de historia, como pudimos comprobar  en fechas muy cercanas.
                Sucedió que una persona muy querida para nosotros, directora de un colegio público de enseñanza primaria en uno de los barrios más deprimidos de Madrid nos pidió el favor de que hiciéramos de Rey Melchor, habida cuenta de la incapacidad, por enfermedad, de quien debía haberlo hecho.
                Recordamos, que pocas fechas antes de esta invitación y con motivo de las elecciones municipales, había salido en la televisión un reportaje sobre un colegio muy cercano al que teníamos que acudir para tan señalado acontecimiento, dándose el caso de que dichas autoridades se congratulaban eufóricas de que todos los alumnos pudieran estudiar con “tablet” electrónica, siendo según ellas, un ejemplo a seguir en toda la comunidad de Madrid.
                Pudimos comprobar, nada más entrar en el colegio donde se iba a celebrar el acto religioso
en el que intentábamos representar la estampa de los Reyes Magos, que las condiciones de aquel centro educacional, tan cercano por otra parte al que había salido por televisión, dejaba mucho que desear en temas como material didáctico y que las famosas “tablet” de la propaganda política no habían llegado –ni llegarían– por igual a todos los centros madrileños ni, siquiera, a los de la misma barriada.
                Estuvimos hablando con los profesores (todos muy jóvenes y muchos de ellos interinos, sin que el Ministerio hubiera hecho caso a las numerosas peticiones realizadas por el Centro de cubrir con personal fijo las plazas necesarias) y tuvimos la satisfacción de poder sacar algunas conclusiones sobre la realidad de la enseñanza en los barrios marginales con el que tantas veces se les llena la boca a las autoridades municipales, que quisiéramos reflejar en estas notas.
                Estas son nuestras conclusiones que ponemos en conocimiento de todos aquellos a los que llegue lo que será nuestra denuncia y nuestras vivencias:
                El Centro en que íbamos a celebrar un acto tan importante para unos cientos de escolares es un colegio con más de un ochenta por ciento de niños y niñas de etnia gitana y jóvenes de procedencia sudamericana y, quizás ello sea el “motivo” principal de estas diferencias a la hora de apoyar un punto, el noveno, dos, de nuestra Constitución en el que se dice: Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.
                ¿Por qué entonces estas discriminaciones en unos seres indefensos y sin que los que tienen la obligación de cumplir la Ley los proteja como sería su obligación?
                Pero vamos realmente al asunto más importante de esta nota como es la celebración de un acto navideño, ejercido de una manera libre sobre los alumnos y sin ningún tipo de presión ni sobre padres ni sobre los niños y con el único propósito de alegrarles con pequeños regalos estas fiestas navideñas, donde el principal y único motivo de las mismas es rememorar la venida de Aquel que es todo Amor y Fraternidad con los más necesitados.
               
Sentados en nuestros “tronos”, con una vestimenta tan incómoda como aparatosa, los tres “Reyes” esperábamos anhelante la llegada de los pequeños que vienen acompañados por sus profesores. Pero no estamos solos: junto a los reyes está un grupo de participantes pertenecientes a una ONG, de jóvenes y personas mayores enfermos mentales, denominada Fundación Manantial, que año tras año y en directo contacto con el Centro vienen colaborando con la entrega de juguetes de segunda manos, que ellos recogen, lavan, arreglan y ponen en manos de sus nuevos propietarios como si estuvieran salidos de fábrica.
                ¿Que no existen los Reyes Magos, dicen? Explíquenselo a aquellos niños que entraban en el amplio salón y se encontraban cara a cara con sus Majestades. Díganselo cuando su ilusión se desbordó y con ojos como platos pudieron estar sentados sobre las rodillas de aquellos fantásticos personajes que les entregaban sus sonrisas y sus regalos por encima de cualquier otra consideración y recogiendo sus carta para el Día Grande. O díganselo a sus padres, agobiados por las dificultades diarias, que este año sí podrían atender las peticiones de sus hijos. Esos eran los verdaderos Reyes Magos, porque así lo creían los niños, así lo creían sus padres y así lo creíamos nosotros mientras recordábamos otros años lejanos de necesidades y pobreza.
                ¿Pero qué le pedían aquellos niños a sus Majestades? ¿Creéis que juguetes, grandes regalos imposibles de conseguir o fantásticas muñecas habladoras como las que salen en la Tele? Entonces es que desconocéis el alma de los niños y cómo viven y sufren las penalidades de sus padres, aunque muchas veces no lo pregonen con sus actos. Primeramente, deciros que la emigración es el fenómenos más terrible y frustrante que el hombre pueda sufrir, porque aparte de la posible exclusión en sus nuevos lugares de existencia, significa la pérdida de sus seres más cercanos y queridos como padres, madres, hermanos, abuelos ¡hay los abuelos, cuánto cariño acumulado en sus recuerdos!, costumbres, de sus casas, sus calles, sus colegios, sus amigos… El hombre y el árbol pertenecen a la tierra donde nacen; si se les trasplantan, aunque sea en mejores condiciones, ya no serán los mismos.
                Muchas son las preguntas que nos salieron del alma ante aquellos muchachillos de entre tres y doce años y muchas y edificantes sus respuestas, que nos dejaron con el alma constreñida y heridas de difícil curación.
- ¿Qué le vas a pedir este año a los Reye Magos?, era la más corriente de las preguntas, no así sus respuestas.
- Quiero que venga mi madre (o mi padre) que quedó con mis hermanos allá en mi país. (Nos dijo una bellísima muchacha con ojos como el carbunco)
- Quiero trabajo para mi padre o para mi madre, que están en el paro y no tenemos para comer. (Fue la repuesta de un joven con una cara de despierto que daba envidia)
- Mi abuelita quedó allá enferma y ya no la veré, nos dijo otra llorando con amargura.
-  Quiero un perrito (pidió otra linda joven). ¿Un perrito de verdad o de peluche? (fue nuestra estúpida pregunta). ¡No, ¡No! De verdad. Vinimos a España hace tres meses y “Pipo” se quedó allá con la abuelita y tengo mucha pena por su ausencia.
Ninguno de los niños sudamericanos, a diferencia de algunos niños de raza gitana, con menos necesidades que ellos y con buenos aparatos electrónicos a su alcance, nos pidieron juguetes ni nada parecido. Todos sus deseos eran ayudar a sus padres en sus necesidades diarias, de las que ellos participaban y sufrían de una manera muy directa y conocedores de las mismas. Pero todos estaban contentos de estar en España, su nueva patria, su nuevo hogar, aun cuando sus problemas fueran grandes y ninguno nos dijo que quiera volver a su país de origen, porque, según ellos, allá había más violencia, o más pobreza y pocos podían ir a la escuela.
Otra diferencia que pudimos observar, debido seguramente a su actual situación de unos y otros, es la modestia y la buena educación de estos niños que han vivido en sus carnes una situación tan difícil como penosa. Te agradecen todo cuanto hagas por ellos con una sonrisa y con un deseo de agradar que te llega al alma. (No olvidemos, de cara al futuro de estos niños, lo que puede ser una llamada de atención para el futuro por porte de Rilke: “Toda la vida de un hombre está en su niñez”.) Si aprendemos esto, quizás  estemos en el buen camino de resolver muchos problemas futuros.  
Cuando salimos de aquel lugar, algo había cambiado dentro de nosotros, y quisimos y así se lo hicimos saber a la directora que contara con nuestra colaboración para próximos eventos en el colegio.

Pero lo más importante de la jornada fue que nosotros también salimos de allí creyendo más firmemente que los Reyes Magos habían realizado el milagro de humanizarnos un poco ante aquellos niños.

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